1 Pedro: Sanados

y El mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia, porque por sus heridas fuisteis sanados. (1 Pedro 2:24)

Ningún cristiano debe negar que el perdón de pecados es un elemento central en nuestra salvación. Bien sabemos por la Escritura que merecíamos la ira de Dios, y en lugar de eso Dios nos mostró gracia y misericordia por lograr nuestra salvación a través de la cruz. En esto, nuestra culpa por ser pecadores se remedió. Pero, la culpa que lleva a la condenación no es el único problema que el pecado presenta en nosotros. Otro problema es nuestra esclavitud al pecado. Somos pecadores, y el pecado tiene dominio sobre el pecador. Ahora, este hermano no cree que esto sea algo que heredemos sino, más bien, adquirido por nuestras acciones, pensamientos, valores, y tales cosas. Nuestros propios pecados nos hacen esclavos del pecado. Sabemos cómo una mentira requiere otra mentira para explicarla. Uno termina inventando más mentiras, y más grandes, y más fuertes, y más dañinas para cubrir la primera. Si uno lo hace lo suficiente vuelve a ser casi su costumbre. El mentiroso llega ser esclavo de sus mentiras, pensando siempre en inventar más cosas, más creíbles para poder proteger sus otras mentiras y poder seguir impune. Pero, no es esclavo solamente de la mentira. En realidad, su esclavitud es más profunda. Es esclavo de sus deseos. Desea protegerse de críticas, o ser más aceptado, o escapar de problemas, o tener más ganancia o fama. Su amo de verdad no es la mentira en sí, sino lo que motivo la mentira en primer lugar. Su dueño es lo que le motive a seguir en este camino en lugar de arrepentirse y confesar la verdad. Es el caso con otros pecados como: robo, sensualidad, violencia, hurto, engaños, corrupción, abusos, grosería, y más. Uno hace estas cosas para satisfacer algún deseo: avaricia, egoísmo, placer, etc. De estas cosas uno llega a ser esclavo. En el fondo uno es esclavo de su propia maldad.

Cristo nos perdona, y eso es bueno. Sin embargo, la salvación que Dios ofrece a través de la cruz de Cristo no es solamente perdón de pecados. No es la única cosa que recibimos al ser sumergidos con fe y arrepentimiento. Otra cosa que Dios hace es que nos da novedad de vida. En Romanos 6:4-5 se menciona este concepto. También, en otros lugares en la Biblia, se llama “nacer de nuevo”, ser “nueva criatura”, la “regeneración” o “renovación” entre otras descripciones. En la teología cristiana, se ha optado por el término “regeneración” para hablar de este componente de la salvación. Dios nos perdona (o, nos “justifica”) y nos hace nacer de nuevo (o, nos “regenera”). Este segundo componente es lo que Pedro menciona aquí. Morimos al pecado y ahora vivimos a la justicia. En este sentido somos “sanados”. La salud corporal no es la idea ni aquí ni en Isaías donde menciona el mismo concepto. La sanidad que es promesa para todos los cristianos es sanidad de esta “enfermedad” que nos hace vivir en pecado. Es una enfermedad que contrajimos voluntariamente por nuestros pecados, y ahora domina nuestros cuerpos como un cáncer.

Cristo no murió para darnos una salvación que consiste solamente en nuestro perdón, sino también en nuestra liberación de la esclavitud del pecado. No es solamente para escaparnos del infierno, sino también para poder ser sanados en el Espíritu y poder vivir de la forma que Dios siempre quiso – en justicia y santidad.

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