Chao, pecado– 1 Juan 3:1-9

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Mirad cuán gran amor nos ha otorgado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; y eso somos. Por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él. Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser. Pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él porque le veremos como Él es. Y todo el que tiene esta esperanza puesta en Él, se purifica, así como Él es puro. Todo el que practica el pecado, practica también la infracción de la ley, pues el pecado es infracción de la ley. Y vosotros sabéis que Él se manifestó a fin de quitar los pecados, y en Él no hay pecado. Todo el que permanece en Él, no peca; todo el que peca, ni le ha visto ni le ha conocido. Hijos míos, que nadie os engañe; el que practica la justicia es justo, así como Él es justo. El que practica el pecado es del diablo, porque el diablo ha pecado desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó con este propósito: para destruir las obras del diablo. Ninguno que es nacido de Dios practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios. (1 Juan 3:1-9)

El pecado como costumbre y estilo de vida no tiene lugar en la vida del cristiano que haya nacido nuevo en el bautismo.

Siempre con pasajes como este queremos consolarnos porque sabemos que no vivimos sin pecado. Al parecer, Dios nos pide vivir sin pecado. Y, efectivamente, es así. Dios exige que vivamos sin pecado. Dice en otros lugares, “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” y “sed santos como Dios es santo”. Nuestra vara métrica para medir nuestra santidad es Dios. La moralidad y santidad de Dios es nuestro estándar. Como Dios es moralmente perfecto y santo, y Jesús vivió en esta tierra también debemos limpiarnos de todo pecado.

Cristo no nos llamó a la mediocridad. Nos llamó a ser transformados desde adentro. Nos llamó a ser trasladados del reino (dominio o poder) de las tinieblas a su luz. Hemos sido rescatados y liberados de la esclavitud del pecado. Si el pecado es como la esclavitud de Israel en Egipto, el momento en que fuiste bautizado es como cuando Israel dejó su esclavitud y la autoridad de Faraón atrás cruzando el Mar Rojo. Solamente la infidelidad e incredulidad de ellos los motivó a querer volver a este estilo de vida. Cristo nos ha llamado a una vida diferente en él. Hizo un cambió en nosotros para capacitarnos para otra vida. Las metáforas para este cambio son tan fuertes que deben aclarar el grado de cambio que busca en nosotros. Es ser trasladado de un reino a otro. Es una transformación como en un capullo, es nacer de nuevo, es morir al pecado y resucitar a una nueva vida, es una nueva creación, etc. etc. …

Si estás en Cristo y buscas solamente que él resuelva tus problemas, o que haga la vida más agradable, o que puedas hacer algo impresionante pero no buscas hacer real en tu vida esta clase de transformación, indica un problema grave. El pecado en nuestras vidas es un problema siempre. Pero hay algunos que no solamente pecan, sino que sigue siendo su estilo de vida. El pecado no puede ser nuestro normal mientras decimos que somos nacidos de Dios. No podemos permitir que falte el deseo de realmente purificarnos y decir que somos de Cristo.

La esencia del pecado es infracción de la ley aplicable. Cuando sabemos lo que Dios exige de nosotros y hacemos otra cosa es una infracción. Nosotros tenemos leyes en el Nuevo Testamento para la vida personal y la vida de la iglesia y tenemos un deber moral. Nuestro deber es conocer y vivir según estas reglas.

Si imaginamos leyes de tránsito, se entiende bien. Todos cometen varias infracciones en ciertos momentos por nervios, inexperiencia, por andar perdido, por no haber visto una señalización, o por ignorancia. Algunos cometen infracciones como su estilo de conducir. Las normas de tránsito no les importa. Dios sabe que pecaremos en algunos momentos. Quiere que conduzcamos en la vida ordenadamente, conociendo bien el manual para no cometer infracciones por ignorancia, y siempre sometiéndonos a las leyes vigentes.

Si realmente andas en Cristo, no debes poder decir que no te importa lo que dice Dios o que lo más importante es ser feliz. No debes poder pensar, “sé lo que Dios pidió, pero en estos momentos no conviene.” No debes poder imaginar que la ignorancia es mejor. Si has nacido de él, debes tener la purificación como meta y estar buscando formas de mejorar tu santidad, moralidad, y ética en todo momento.

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